El sofá de Óscar Arias Sánchez
En Costa Rica nunca hemos tenido emperadores, pero sí un invento muy criollo: el imperiarismo.
Doctrina tropical donde todo gira alrededor de un apellido y un altar mullido llamado sofá.
«Imperiarismo»: del latín «imperium» (poder supremo); y de Arias (marca registrada).
Óscar Arias, profeta del credo, y su hermano Rodrigo, escudero, fundaron el culto no bien recalaron en Zapote en 1986 con aire de serie de Neflix.
Desde entonces la política dejó de ser debate y se volvió alfombra roja de flashes, diplomas y medallas que colapsaron estantes y galerías.
El «Plan de Paz» fue más pasarela, o «Plan de Pose», que milagro sostenible capaz de aplacar nuestra turbulenta región.
Los «siete peldaños» de la catedral se volvieron escalera eléctrica para la élite y hueco para los de abajo a quienes ni pa’l bus les dieron algo.
Cuando a Óscar le tocó salir en 1990, fue Troya: le agarró la depre. La depre pos-Zapote.
Lo consolaron con más ovaciones, honoris causa y homenajes, pero él solo parecía soñar con ser emperador vitalicio.
Problema: aquí no hay monarquía. Solución: inventársela.
Así las cosas, Óscar, aburrido de esperar, se inventó la reelección con la Sala Cuarta como hada madrina…
Abracadabra constitucional y otra vez presidente, como quien repite plato en un bufé.
La segunda vuelta en Zapote fue todo un menú:
TLC, Crucitas, Jobo, bonos chinos, ofrecimientos de BMW que se quedaron en bicicleta, ruta 27 del «primer mundo», déficit de campeonato y promesas incumplidas en masa.
Cuando acabó este banquete de despropósitos, Oscar cambió la silla presidencial por el sofá desde donde siguió moviendo hilos invisibles con más poder que Harry Potter.
Célebre sofá donde de todo pasó y todo el mundo se sentó, menos Nicole Kidman, la que quizá Óscar más hubiera querido ver allí.
Mágico sofá donde, como por encanto, se resolvían más cosas que en la Asamblea Legislativa: denuncias dormidas, juicios prescritos, influencias y jerarquías, jaques y mates.
Sofá todo en uno: Poder Legislativo, Corte Plena, Sala Cuarta, TSE, fiscalía, contraloría…
Sofá ilustre, refugio de aliados, consuelo de los afligidos presidentes de turno, arca de la alianza y testigo mudo de pasiones calladas.
Hasta que un día, ¡zas!, aparece Rodrigo Chaves y se sienta en la silla presidencial de Zapote como quien le roba la mecedora a la abuela.
Su primera travesura: desconfigurarle el control remoto al imperiarismo.
Desde entonces, el sofá parece búnker nuclear donde se cuaja el uranio del contraataque y la venganza.
De cuyas chimeneas el tufo a malabares legales, circos narrativos, acrobacias electorales y guillotinas institucionales parece ya familiar.
Para que el intruso de Chaves no le quite su juguete favorito: el poder.
¿Acaso la nueva resolución del TSE pidiéndole a la Asamblea Legislativa quitarle la inmunidad a Chaves no huele también a sofá?
¿Así como su magia ilusionista para hacer que el PLN participe en las próximas elecciones no pudiendo por incumplimiento de requisitos?
Porque el pecado de Chaves ha sido uno solo y gravísimo:
Recordarle a los ticos que el país no es de sofás, ni de coronas, ni de dinastías…sino de ellos.
✍️ Por Columnista Edgar Espinoza
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