Cuanto más lo atacan, más crece.
Anti fragilidad política y el error de debatir contra un ausente.

El debate presidencial del Tribunal Supremo de Elecciones del 11 de enero de 2026 dejó una escena reveladora. Varios candidatos opositores llegaron con la munición apuntada al Gobierno de Rodrigo Chaves y, por extensión, a Laura Fernández. El problema es que un debate temático no se gana a punta de exorcismos. Se gana ofreciendo marcos, prioridades, instrumentos y coherencia. Cuando la tarima se usa como tribunal contra un ausente, el electorado termina viendo una cosa muy distinta a la pretendida.
Desde la ciencia política y la comunicación política, esto tiene nombre. Se llama anti fragilidad. No es simple resistencia. Es la capacidad de ganar fuerza con el golpe, convertir presión en energía y transformar ataques en confirmación narrativa. El viejo aforismo “lo que no me destruye me hace más fuerte” describe, con brutal precisión, la lógica psicológica y social que un liderazgo puede activar cuando el conflicto se vuelve su terreno natural.
Rodrigo Chaves construyó su liderazgo desde el conflicto. Lo hizo con una estrategia comunicacional que opera como maquinaria de tres piezas. Primero, identifica un antagonista reconocible, la casta, el pacto, el bloqueo, las élites que se protegen. Segundo, personaliza el choque, no como debate técnico, sino como plebiscito moral y emocional. Tercero, reduce intermediarios y habla directo, buscando que la crítica externa suene a ruido del sistema.
En ese marco, cada embate institucional, cada denuncia, cada acusación y cada linchamiento
mediático no necesariamente debilita. A menudo refuerza. Porque cuando una parte del país desconfía de los acusadores, el ataque se invierte. El acusado se vuelve víctima. Y la víctima gana adhesión. No hace falta aprobar el estilo para reconocer la eficacia del mecanismo.
El error opositor es de manual. Confunden fiscalización con campaña. Creen que enumerar reproches sustituye un programa. Y, lo más grave, alimentan el relato que dicen combatir. Si el oficialismo sostiene que existe una estructura enquistada que quiere recuperar privilegios, ¿Qué cree el ciudadano cuando ve a varios rivales concentrados en golpear al gobierno en bloque, sin diferenciar con claridad sus propias rutas? El ciudadano interpreta lo obvio. Están obsesionados con el adversario y, por omisión, le regalan centralidad al oficialismo. El debate se transforma en plebiscito, y el atacante termina funcionando como amplificador del relato que pretendía desmontar.
Este fenómeno no es solo discursivo. Se sostiene porque parte de la ciudadanía percibe contraste.
No necesariamente perfección, sino contraste. La comunicación del oficialismo ha sido consistente en vender una idea simple. Antes se administraba el arreglo. Ahora se confronta el arreglo. Esa narrativa, repetida con disciplina, encuentra suelo fértil en una sociedad cansada de pactos, de impunidad selectiva y de institucionalidad que, a ojos de muchos, dejó de servir a la gente común.
En este contexto, Laura Fernández opera como heredera de esa energía política. Su apuesta no es
parecer distante del liderazgo que la impulsa. Su apuesta es presentarse como continuidad del cambio percibido, con capacidad de gestión y con firmeza para resistir el ataque coordinado. Por eso, cuando el debate se convierte en una sesión de golpes al gobierno, el efecto puede ser exactamente el contrario al buscado. Se la instala como blanco principal y, por tanto, como la figura a vencer. En política, ese cerco no debilita necesariamente. Puede blindarla, cohesionarle base y proyectarla como la candidatura que todos intentan frenar. Así se explica la paradoja que muchos no quieren ver. Entre más intentan destruir al líder disruptivo, más le validan su papel de disruptor. Entre más intentan convertir la campaña en un juicio al presidente, más fortalecen el clima plebiscitario que beneficia a su continuidad.
La oposición termina hablando de Chaves como si él estuviera en el atril, mientras el país observa
que la que está en tarima es otra persona, con otro nombre, pero con el mismo capital simbólico.
Esto no significa que el oficialismo sea invulnerable. La antifragilidad también tiene límites. Si el conflicto se vuelve puro ruido, si la gestión no responde, si la seguridad y el costo de vida se deterioran sin respuestas creíbles, la narrativa se agota. Pero mientras la oposición insista en ser comentarista del gobierno en vez de arquitecta de futuro, seguirá cometiendo el pecado estratégico más caro. Disparar al fantasma y fortalecer al dueño del castillo.
El debate dejó una lección. Costa Rica necesita propuestas ejecutables, no catarsis de tarima. La seguridad no mejora con adjetivos. El costo de vida no baja con indignación. Y la democracia no se fortalece cuando el intercambio se reduce a golpes al adversario, como si el país fuera un ring y no una república. Si la oposición quiere competir en serio, debe cambiar el eje, construir agenda y criticar con precisión quirúrgica, no con mazo. Porque el mazo, en esta coyuntura, no rompe al oficialismo. Lo templa.
Nota editorial – MUNDO ACR
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