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El colapso que se niegan a ver.

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Cuando las élites desplazadas confunden su agonía con una crisis nacional.

Por M.Sc. Milton Madriz Cedeño
Politólogo y experto en gobernanza y función pública

La negación es la última trinchera de quien perdió la batalla pero se niega a abandonar el campo. Durante cuarenta años, un puñado de actores políticos y mediáticos administró Costa Rica como si fuera una herencia familiar que se transmitía por costumbre, no por mérito. Hoy ese orden se derrumbó y lo que presenciamos no es una crisis del país, sino el espasmo de una élite que descubrió
que ya nadie necesita sus servicios. La diferencia es crucial, aunque para ellos sea
imperceptible.
Maquiavelo lo anticipó con precisión quirúrgica hace cinco siglos: “No hay nada más difícil de emprender, ni de éxito más dudoso, ni más peligroso de manejar, que iniciar un nuevo orden de cosas, porque el innovador tiene por enemigos a todos aquellos que se beneficiaban de las instituciones antiguas”. Eso es exactamente lo que ocurre en Costa Rica. Un sistema político agotado resiste su propia
obsolescencia con las únicas herramientas que le quedan: el ruido, la distorsión y el insulto disfrazado de análisis.

La anatomía de un colapso anunciado
El bipartidismo tradicional no cayó por un golpe externo. Se desplomó por descomposición interna. Durante décadas, el Partido Liberación Nacional y la Unidad Social Cristiana construyeron una alternancia cosmética donde cambiaban los rostros pero permanecían las redes de poder. Luego el Partido Acción
Ciudadana prometió renovación ética y entregó parálisis institucional, obras
detenidas, sindicatos enquistados en ministerios y una burocracia que creció hasta
convertirse en un obstáculo para la ciudadanía. El resultado fue un Estado fragmentado, capturado por círculos que operaban sin rendir cuentas. Cientos de órganos desconcentrados, duplicidades absurdas,
direcciones institucionales funcionando como feudos privados.

Ese deterioro silencioso destruyó la eficiencia, minó la confianza y quebró la gobernabilidad.
Cuando el actual gobierno asumió el poder heredó ese país. Y esa herencia explica por qué hoy hay tanto odio entre quienes vivieron cómodamente de ese desorden durante décadas. La ciencia política describe este fenómeno como “realineamiento electoral crítico”, el momento en que un sistema de partidos pierde legitimidad representativa y colapsa. Las encuestas son elocuentes. Liberación Nacional no levanta cabeza. La Unidad subsiste por inercia. El PAC fue sepultado en las urnas. La ciudadanía no destruyó estos partidos, ellos se apagaron solos al perder contacto con la realidad que decían representar.

Lo fascinante no es el colapso, sino la reacción. Cuando un grupo pierde poder activa mecanismos defensivos ampliamente documentados por la psicología política. Primero viene la negación: insisten en que nada cambió, que todo sigue igual. Luego la disonancia cognitiva: rechazan cualquier evidencia que contradiga su identidad política. Finalmente se refugian en comunidades cerradas donde repiten
entre ellos las mismas consignas para mantener la ilusión de que aún representan a
alguien más que a sí mismos. Nietzsche lo expresó con lucidez: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. El problema es que el porqué de ese viejo orden se evaporó.
Ya no hay razón de ser para una estructura que solo servía para perpetuarse a sí misma. Y cuando se pierde el porqué, lo único que queda es resistencia irracional.

Esta resistencia adopta una forma particularmente peligrosa: el lawfare, la instrumentalización del derecho con fines políticos. Procedimientos administrativos convertidos en armas, denuncias sin sustento, presiones disfrazadas de legalidad. No es defensa del Estado de derecho, es manipulación del Estado para frenar un proceso que ya no controlan. Hannah Arendt advirtió que cuando una estructura de
poder se derrumba, quienes vivieron de ella recurren al ruido y la distorsión para impedir que la realidad avance sin ellos. Eso es precisamente lo que presenciamos.

Mientras tanto, el país avanza y los datos lo confirman. El Banco Central registra mejora sostenida en la trayectoria de la deuda como porcentaje del PIB. El Ministerio de Comercio Exterior documenta niveles históricos de inversión extranjera directa. La ejecución de obra pública superó la inercia paralizante de los últimos gobiernos. La modernización regulatoria, esperada por años, comenzó a ejecutarse
enfrentando intereses enquistados en instituciones que operaban como pequeños
reinos autónomos. ¿La respuesta de los detractores? Silencio sobre los datos, ataques personales
contra el Presidente. No desmontan cifras porque no pueden. No rebaten argumentos porque no tienen. No presentan alternativas porque su único proyecto político es volver al pasado que los beneficiaba. Su agenda se reduce a burlas,
rumores y caricaturas. Es la conducta clásica de quien perdió la batalla intelectual y
solo le queda el insulto. Esta reacción no es ideológica, es psicológica. No defienden principios, defienden
privilegios. No discuten reformas, discuten poder. Es miedo disfrazado de indignación moral. Y ese miedo tiene razón de existir, porque lo que enfrentan es su propia irrelevancia en un país que decidió cambiar sin pedirles permiso.

Costa Rica atraviesa una transformación histórica que no requiere aprobación de quienes añoran la comodidad del viejo sistema. La era de los partidos tradicionales terminó porque dejó de cumplir su función. Los medios que los protegían ya no moldean la opinión pública como antes. Las instituciones capturadas ya no operan sin escrutinio. Y la ciudadanía no está dispuesta a regresar.

Esto no es un conflicto entre izquierda y derecha. Es un conflicto entre un país que despertó y una clase política que se niega a aceptar su final. Entre una ciudadanía que exige resultados y unas élites que solo ofrecen nostalgia. Entre datos verificables y narrativas fabricadas.
La casta política y mediática que gobernó durante cuarenta años no resolverá los problemas que ella misma generó. El país lo sabe. La transición está en marcha. Y por más ruido que produzcan, por más procedimientos que inventen, por más titulares que fabriquen, el proceso es irreversible.
El colapso que se niegan a ver es el suyo propio. Costa Rica ya los superó. Ahora solo falta que ellos lo acepten. Pero la historia no espera a quienes se quedaron atrás. El cambio no pide permiso. Simplemente avanza.
El autor es politólogo, académico universitario y ex Director del Departamento de Desarrollo
Estratégico Institucional de la Asamblea Legislativa de Costa Rica

⚠️ Nota de la Redacción:
Este artículo pertenece a la sección Opinión y su contenido es responsabilidad exclusiva de su autor. Las ideas, conclusiones y valoraciones expresadas no representan necesariamente la posición editorial de Mundo ACR.

1 comment on “El colapso que se niegan a ver.
  1. Es que mejor no lo pudo haber descrito…ya casi terminando el gobierno de Rodrigo Chaves y no se han dado cuenta de que sus partidos avanzan inexorablemente al salto al vacio porque el perjuicio que creyeron hacer se les devolvio y ya les cogio tarde para resolver…!!!