La estrategia de Álvaro Ramos, ¿amnesia o cinismo?.
Álvaro Ramos, el vendedor de nostalgia: La audacia de prometer lo que nunca se hizo. “En el PLN, la seguridad es un problema tan importante que solo lo sacan a relucir en campaña… y lo guardan bajo la alfombra cuando gobiernan.”
En el marketing político y el análisis de campañas, uno se topa con estrategias que oscilan entre lo genial y lo patético. Y luego está la de Álvaro Ramos. El candidato del PLN, en un acto que roza la genialidad de la amnesia colectiva, se presenta ante su Asamblea Nacional para hablar de “peligro, populismo e inseguridad“. ¿El objetivo? Posicionar a Liberación Nacional como el mesías que vendrá a salvarnos de un problema que, curiosamente, su partido ayudó a cultivar durante décadas.
El discurso de Ramos, meticulosamente diseñado, no es más que una pieza de alta costura de marketing del miedo. “El peligro es grande”, dice, con una solemnidad digna de un tele evangelista. “El miedo se percibe, un miedo latente”. Y no se equivoca, el miedo está ahí. El problema es que Ramos nos vende la idea de que ese miedo es un fenómeno reciente, una obra maestra del populismo, y no una consecuencia lógica de la dejadez crónica de los gobiernos del PLN.
Nosotros lo hicimos antes: ¿realidad o fantasía?
Ramos, con una cara de cemento que ni los ingenieros del Terrazas Dos de Dobles podrían replicar, se atreve a decir: “Este partido gobernó y resolvió una crisis de seguridad”. Se refiere a la administración de Laura Chinchilla, un período que, para efectos de la historia de la seguridad costarricense, es más un chiste que un logro. ¿Resolvieron la crisis? ¿En serio, don Álvaro? ¿O la patearon para adelante mientras los grandes capos se consolidaban y los homicidios se convertían en una constante?
Las cifras oficiales del OIJ son como una cachetada de realidad. El 2022, el 2023 (el año más violento de la historia) y el 2024 (el segundo más violento) son producto de una escalada que no nació de la noche a la mañana. El crimen organizado no se sentó a esperar a que Chaves llegara a la Casa Presidencial para empezar a hacer su fiesta. Su fortalecimiento se fraguó durante los gobiernos del PLN, mientras la cúpula del partido estaba ocupada en escándalos de corrupción como Los Bonos Chinos, los $2 millones del BCIE, Crucitas, La Trocha, el avionetazo de Chinchilla, el caso Diamantes y muchos más.
La desconexión del PLN y la realidad
Es la ironía más pura. Ramos critica el “populismo” de otros, mientras él mismo utiliza una estrategia de “soluciones mágicas” que se basa en la nostalgia de una era que nunca existió. Nos dice que el PLN es la única opción para “resolver el problema de seguridad” sin mostrar un solo dato o un solo plan. Solo la repetición de un mantra vacío para sus delegados, esos mismos que no han podido nombrar un simple comité ejecutivo en San Ramón después de diez intentos. ¿Diez intentos para un comité, y quieren resolver la seguridad nacional?
El telón se cierra, la realidad se muestra: mientras Ramos pronunciaba su discurso, la Asamblea Nacional del PLN cerraba sus puertas a la prensa para, irónicamente, discutir los problemas internos que los tienen en jaque. La imagen no podría ser más perfecta: el candidato hablando de “unidad” y “soluciones” afuera, mientras adentro el partido se desmorona por la falta de estructura.
El mensaje es claro para cualquier analista electoral: Álvaro Ramos no está hablando para los ciudadanos, está vendiendo una fantasía a la base de su partido. Es una estrategia de “déficit de realidad“. Nos dice que la Caja “no está quebrada” y que Liberación “resolvió la seguridad”, con la esperanza de que, al repetir la mentira, se convierta en verdad para sus seguidores.
No nos equivoquemos. El “peligro” que menciona Ramos no es el populismo ajeno, es la desconexión del PLN con la realidad. Es la arrogancia de creer que con discursos vacíos y promesas recicladas van a convencer a un pueblo que ha visto su seguridad deteriorarse año tras año. Es más de lo mismo, solo que esta vez con el sello de un candidato que parece ignorar que el cinismo también tiene fecha de caducidad.
Crítica por Aníbal Newman

