La larga vida de Pandora
Una de sus versiones fundamentales quedó escrita hace unos 2.700 años junto a una enorme vasija. Con los siglos llegaron la caja y una nueva manera de explicar su conducta. La Pandora que conocemos conserva las huellas de todas esas transformaciones.

Pie de foto,Pandora significa “la de todos los dones” (cuadro de Pandora del artista Dante Gabriel Rossetti, 1871).
POR MUNDO ACR | Historias que atraviesan los siglos.
Pandora ya era una historia antigua cuando comenzó nuestra era. Hesíodo había escrito sobre ella varios siglos antes, alrededor del siglo VIII a. C., en un mundo donde los relatos sobre dioses servían también para explicar el trabajo, la desgracia, el orden de las cosas y la relación de los seres humanos con aquello que no podían controlar.
En Trabajos y días, su aparición comienza con un conflicto que ni siquiera la tiene como protagonista. Prometeo desafía a Zeus y entrega el fuego a los hombres. Zeus responde castigándolo, pero decide que los seres humanos también pagarán por haber recibido aquello que no les correspondía.
El castigo tendría apariencia de regalo. Zeus ordena a Hefesto mezclar tierra y agua y formar una mujer. Atenea participa en su preparación; Afrodita le concede atractivo y deseo; Hermes interviene con engaño y palabras astutas. Finalmente recibe el nombre de Pandora y es enviada a Epimeteo, hermano de Prometeo. Este último le había advertido que jamás aceptara un regalo de Zeus. Epimeteo la acepta de todos modos.
La Pandora de Hesíodo tampoco puede separarse de la mirada profundamente hostil hacia las mujeres que atraviesa esos textos. Ella no aparece simplemente como una persona que toma una mala decisión. Su propia creación forma parte del castigo. Ese contexto importa porque buena parte de la Pandora que aprendimos después fue suavizada, simplificada o convertida en otra clase de personaje.
En algún momento de aquella historia se abre un recipiente y las desgracias que permanecían contenidas alcanzan a la humanidad. Ahí está una de las escenas más reconocibles de toda la mitología occidental, aunque un lector moderno que pudiera mirar el objeto descrito por Hesíodo probablemente no reconocería la famosa caja.
Hesíodo habla de un pithos, una gran vasija utilizada en el mundo griego para almacenar productos como grano, aceite o vino. Algunas alcanzaban dimensiones considerables. El pequeño cofre que hoy acompaña a Pandora pertenece a otro momento de la historia.
Durante muchos siglos, por tanto, la expresión que repetimos hoy no habría tenido demasiado sentido. La “caja de Pandora” todavía no existía.
Una historia que ya cambiaba en Grecia
Sería tentador imaginar que el relato salió de las manos de Hesíodo perfectamente definido y que alguien lo alteró mucho después. Las propias fuentes antiguas complican esa idea.
Los griegos convivieron con relatos y sentidos diferentes. Teognis de Megara, por ejemplo, escribió sobre Elpis —la palabra que solemos traducir como esperanza— como la única divinidad buena que permanecía entre los seres humanos después de que otras los hubieran abandonado.
También circularon historias donde el contenido del recipiente era muy distinto. En una tradición fabulística conservada en Babrius, son las cosas buenas las que escapan de una jarra y regresan hacia los dioses. Quien la abre es un ser humano, no Pandora, y nuevamente Elpis permanece.
Los mitos griegos no necesitaban conservar cada detalle para seguir siendo reconocibles. Circulaban entre autores, épocas y relatos que podían convivir aun cuando no coincidieran entre sí.
La propia Elpis muestra hasta dónde llega esa dificultad. Traducirla simplemente como “esperanza” funciona en español, pero reduce la amplitud que podía tener el término griego, relacionado también con la expectativa sobre aquello que está por venir y no exclusivamente con esperar algo bueno.
Por eso sigue abierta una vieja discusión sobre lo que ocurre al final del episodio. Si Elpis es algo beneficioso, que permanezca dentro puede significar que la humanidad conserva un último recurso frente a las desgracias. También se ha preguntado si, al quedar encerrada, fue precisamente aquello que los humanos no pudieron recibir. O si la palabra admite una lectura más ambigua que cualquiera de esas dos.
Hesíodo no resolvió el asunto para sus lectores. Esa incertidumbre quedó adherida al mito y continuó viajando con él.
Cuando la vasija se convirtió en caja
Mucho después desapareció el mundo que había producido aquellos textos, pero no sus historias. Sobrevivieron entre lenguas, copias, traducciones, imágenes y nuevas generaciones que intentaban entenderlas.
En el Renacimiento ocurre uno de los cambios que más profundamente marcarían la imagen moderna de Pandora. Erasmo de Róterdam trató el relato en sus Adagia y utilizó pyxis, término latino relacionado con una caja o pequeño recipiente, allí donde la tradición de Hesíodo hablaba del gran pithos.
Durante mucho tiempo el cambio se ha resumido como un error de traducción, aunque existe una posibilidad más interesante. Dora y Erwin Panofsky, al estudiar las transformaciones de Pandora en la tradición occidental, plantearon que Erasmo pudo haber mezclado este relato con el de Psique, donde sí aparecía una pyxis.
La explicación exacta sigue mereciendo cautela. Lo que ocurrió después resulta mucho más visible.
La caja se quedó.
El arte europeo ayudó a fijarla. Cofres y pequeños recipientes comenzaron a ocupar el lugar de aquella gran vasija hasta que la nueva imagen dejó de necesitar explicaciones. Cuando Odilon Redon pintó su Pandora alrededor de 1914, podía colocar una caja entre las manos de la protagonista y confiar en que el público reconocería inmediatamente la escena. La obra pertenece hoy al Metropolitan Museum of Art de Nueva York.
Para entonces habían pasado más de dos milenios desde Hesíodo. La historia seguía siendo Pandora, pero el objeto que todos recordaban ya no era el suyo.
También cambió Pandora
La versión que muchos aprendimos añade una escena profundamente humana. Pandora contempla aquello que no debe abrir, intenta resistirse y finalmente la curiosidad puede más.

Pie de foto,Jean Cousin pintó “Eva Prima Pandora”, alrededor de 1550, no sólo mostrando la mezcla con la narrativa cristiana, sino siendo más fiel al mito: su mano izquierda aferra la temida jarra, que aún no ha abierto.
Funciona porque cualquiera comprende la tentación de tocar algo precisamente porque le dijeron que no lo hiciera. Pero esa psicología tan familiar no está desarrollada de esa manera en Trabajos y días. Hesíodo atribuye a Hermes la incorporación del engaño, las palabras astutas y determinados rasgos de carácter, y después relata la apertura del recipiente. La curiosidad irresistible que hoy suele explicar toda la escena no ocupa allí ese lugar sencillo y central.
Con el paso del tiempo, Pandora podía representar algo distinto de la figura creada dentro de la represalia de Zeus. También servía para hablar de curiosidad, desobediencia, conocimiento y de las consecuencias que puede desencadenar una sola acción.
La transformación hizo el relato extraordinariamente fácil de transmitir. Para cuando llegó a la cultura moderna ya estaban reunidos casi todos los elementos que hoy damos por sentados: una mujer, una prohibición, una caja, una decisión que libera las desgracias del mundo y una esperanza que permanece.
Ningún autor antiguo escribió exactamente esa versión completa. La escribieron los siglos.
La Pandora que llegó hasta nosotros
Hoy no hace falta haber leído una línea de Hesíodo para entender qué significa “abrir la caja de Pandora”. La expresión puede aparecer en una conversación sobre política, inteligencia artificial, ciencia, relaciones personales o cualquier decisión cuyas consecuencias amenacen con escapar de control.
Ese uso cotidiano terminó siendo otra etapa del viaje. El mito sobrevivió sin conservarse intacto: la gran vasija se volvió caja, determinados rasgos ganaron importancia y una palabra griega cuya interpretación sigue siendo discutida terminó convertida popularmente en la esperanza que resiste cuando todo lo demás ha salido mal.
Podemos reconstruir parte de ese recorrido, pero no cada conversación, traducción, pintura o relato que intervino durante unos 2.700 años. Tampoco necesitamos hacerlo para entender qué ocurrió.
Cada época recibió una Pandora y entregó otra.
Por eso seguimos diciendo que alguien “abrió la caja de Pandora”, aunque el objeto que hizo inmortal la expresión no estuviera en el relato de Hesíodo.
La caja apareció siglos después. Y terminó siendo inmortal.
Fuentes consultadas
Hesíodo, Trabajos y días; Teognis de Megara; Babrius, Fábulas; Erasmo de Róterdam, Adagia; Dora y Erwin Panofsky, Pandora’s Box: The Changing Aspects of a Mythical Symbol; estudios académicos de Cambridge University Press sobre Elpis y la tradición hesiódica; colecciones del Metropolitan Museum of Art, Museo de la Acrópolis, British Museum y Ashmolean Museum.
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