+96 mg
Café preparado
1 taza · 237 ml · valor aproximado
96 mg

POR MUNDO ACR | Historias que también ocurren dentro de nosotros.
Hay una frase que se escucha con cierta satisfacción entre quienes pueden tomarse un café a cualquier hora:
“A mí el café no me hace nada.”
A veces llega después de la tercera taza. O la dice alguien capaz de terminar un espresso después de cenar y quedarse dormido poco después.
En la otra esquina están quienes conocen exactamente su límite. Un café demasiado tarde y aparecen la inquietud, el corazón acelerado o una noche mirando el techo.
Las dos experiencias son posibles. El problema empieza cuando usamos únicamente lo que sentimos para decidir qué ocurrió dentro del cuerpo.
Porque dejar de sentir el café y haber eliminado la cafeína no son la misma cosa.
La cafeína no crea una reserva nueva de energía.
Una de sus acciones principales ocurre sobre el sistema de la adenosina, una sustancia involucrada en la regulación del sueño. La cafeína bloquea receptores de adenosina y puede reducir temporalmente la sensación de somnolencia. Una amplia revisión sobre cafeína, adenosina y regulación del sueño describe precisamente ese mecanismo y también las preguntas científicas que todavía permanecen abiertas. PubMed Central (PMC)
Revisión científica sobre cafeína, adenosina y sueño
Eso cambia bastante la imagen cotidiana de “tomar energía”.
Después de una mala noche, el café puede hacernos sentir más despiertos, pero no borra mágicamente las horas que faltaron en la cama. Está actuando sobre señales que participan en cómo experimentamos el sueño y la vigilia.
Y a partir de ahí la historia deja de ser igual para todos.
Buena parte de la cafeína es metabolizada en el hígado y CYP1A2 tiene un papel protagonista en ese proceso.
Sería cómodo convertirlo en “el gen del café” y resolver el misterio ahí.
La biología no cooperó con una explicación tan sencilla.
Una revisión sistemática publicada en 2024 examinó 26 estudios que, en conjunto, reunían a más de 1,8 millones de personas. CYP1A2 aparece repetidamente relacionado con el metabolismo y el consumo habitual de cafeína, pero no está solo: los investigadores encontraron asociaciones con AHR, ADORA2A, ABCG2, POR, CYP2A6 y otros genes. Springer Nature
Revisión sistemática sobre genética y metabolismo de la cafeína
Eso ayuda a explicar por qué buscar una única característica que divida a la humanidad entre “sensibles” y “resistentes” al café termina quedándose corto.
Y todavía falta algo importante: nuestros genes no son lo único que decide cuánto dura una taza.
La cafeína necesita tiempo para abandonar el organismo.
Ese detalle cambia la manera de mirar una rutina que para millones de personas parece completamente normal: café al levantarse, otro a media mañana y quizá uno después del almuerzo.
La segunda taza no necesariamente llega a un cuerpo donde ya no queda nada de la primera.
La velocidad de eliminación varía entre personas y puede modificarse por factores que van mucho más allá de cuánto café acostumbramos tomar.
Ahí es donde la frase “no me hizo nada” empieza a resultar engañosa.
Podés no sentir el golpe que esperabas y seguir teniendo cafeína en circulación.
Y entonces llega otra taza.
Esta probablemente sea la prueba favorita de quienes aseguran que son inmunes.
Se toman un café por la tarde o incluso por la noche, apoyan la cabeza en la almohada y se duermen.
Caso cerrado.
No exactamente.
Un experimento publicado en Journal of Clinical Sleep Medicine administró 400 miligramos de cafeína a distintos grupos al acostarse, tres horas antes o seis horas antes. En las tres condiciones aparecieron alteraciones significativas del sueño frente al placebo. DOI
Estudio sobre cafeína consumida hasta seis horas antes de dormir
Hay un detalle especialmente interesante.
Cuando la cafeína se tomó seis horas antes de acostarse, la alteración apareció en las mediciones objetivas aunque los reportes subjetivos de los participantes no detectaron de la misma manera esa diferencia. PubMed Central (PMC)
Dicho de otra forma: algunas personas no se dieron cuenta de lo que la medición del sueño sí encontró.
El estudio utilizó 400 mg, una cantidad considerable, así que sería incorrecto convertir el resultado en una regla idéntica para cualquier taza y cualquier persona.
Pero el fenómeno no quedó aislado en aquel experimento.
Un metaanálisis publicado en 2023 reunió 24 estudios y encontró, en promedio, menos tiempo total de sueño, menor eficiencia, más tiempo para quedarse dormido y una reducción del sueño profundo después del consumo de cafeína. Los efectos variaron con factores como la dosis y el momento del consumo. DOI
Metaanálisis de 24 estudios sobre cafeína y sueño
Así que poder dormirse después de un café demuestra exactamente eso: que pudiste dormirte.
No mide por sí solo todo lo que ocurrió durante la noche.
Nuestro propio historial complica todavía más las cosas.
Con el consumo habitual pueden desarrollarse adaptaciones a determinados efectos de la cafeína. Por eso alguien puede recordar que sus primeras tazas lo dejaban acelerado y años después beber café sin reconocer aquella misma intensidad.
Incluso existe una discusión científica bastante curiosa sobre el café que muchos consideran imprescindible para “arrancar” por la mañana.
Peter Rogers, investigador de la Universidad de Bristol, ha defendido a partir de estudios experimentales que, entre consumidores frecuentes, parte de la mejoría en alerta después de tomar cafeína puede corresponder a la reversión de síntomas que aparecen tras varias horas sin consumirla, en lugar de representar siempre una ganancia por encima del estado habitual. Sage Journals
Investigación sobre cafeína, alerta y reversión de la abstinencia
Eso no significa que “el café de la mañana no despierta”. La respuesta depende del patrón de consumo y la tolerancia no elimina necesariamente todos los efectos.
Lo interesante es otra cosa: la sensación que atribuimos al café también puede estar condicionada por nuestra propia costumbre de tomarlo.
Hay personas que durante años aseguran poder tomar café a cualquier hora y un día descubren que ya no les resulta igual.
No necesariamente se lo están imaginando.
Un análisis que reunió décadas de datos farmacocinéticos encontró de forma consistente que fumar acelera la eliminación de cafeína, mientras que el uso de anticonceptivos orales produce el efecto contrario y prolonga su permanencia. PubMed Central (PMC)
Análisis sobre los factores que modifican la eliminación de cafeína
El embarazo también puede ralentizar considerablemente su metabolismo a medida que avanza la gestación. La literatura científica ha relacionado este cambio, entre otros factores, con una reducción de la actividad de CYP1A2. ScienceDirect
La misma persona, tomando una cantidad parecida, puede entonces experimentar la cafeína de manera diferente en distintos momentos de su vida.
Ya no estamos hablando simplemente de quién “aguanta más café”.
Estamos hablando de un sistema que cambia.
También hay un pequeño problema con nuestra contabilidad.
Pensamos en café cuando pensamos en cafeína.
Pero también puede estar presente en té, bebidas energéticas, refrescos de cola, chocolate y algunos suplementos. Además, la cantidad de cafeína de un café puede cambiar considerablemente según la preparación, el tamaño y el producto.
Por eso decir “hoy solamente tomé dos cafés” cuenta las tazas.
No necesariamente cuenta toda la cafeína.
No siempre llega en una taza de café. Distintas bebidas y alimentos
pueden ir sumando cafeína a lo largo del día.
1 taza · 237 ml · valor aproximado
1 taza · 237 ml · valor aproximado
1 lata de Coca-Cola Original · 355 ml
Porción de 28 g · valor aproximado
1 lata de Red Bull · 250 ml
Otras fuentes habituales de cafeína, mostradas por separado y sin
agregarlas al total del ejemplo.
63 mg
62 mg
29 mg
Quizá esa nunca fue la mejor pregunta.
Dos personas pueden beber la misma cantidad y metabolizarla de manera distinta. El hábito puede cambiar lo que sienten. El horario importa. También pueden intervenir el tabaquismo, determinados medicamentos, anticonceptivos, embarazo y otras fuentes de cafeína consumidas durante el día.
Y existe una posibilidad mucho más interesante que todas las etiquetas de “resistente” o “sensible”:
que la cafeína siga haciendo su trabajo cuando vos ya dejaste de notarla.
Nos acostumbramos a medir el café por aquello que sentimos inmediatamente después de beberlo: me despertó, me puso nervioso, me aceleró, no me hizo nada.
Nuestro cuerpo no tiene por qué respetar esa clasificación.
Así que la próxima vez que alguien termine un café a las seis de la tarde y diga que puede dormir perfectamente después, no hace falta discutirle.
Puede dormir perfectamente.
Lo que no puede saber únicamente por esa sensación es cuánto de aquella taza seguirá con él cuando apague la luz.
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